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Desde lo más bajo del montón:

reseña de la autobiografía de Robert Hillary King
By Carolina Saldaña
Noticias de la Rebelion
April 19, 2010

"Soy libre de Angola, pero Angola nunca será libre de mí", dijo el ex Pantera Negra y ex-preso político de "los 3 de Angola" al salir de la notoria plantación de esclavos en Luisiana en 2001. 

A las 4:12 de la tarde el 8 de febrero de 2001, los presos igual que los familiares y simpatizantes de Robert Hillary King, también conocido como Robert King Wilkerson, gritaron su apoyo cuando él salió del infame penitenciario de Angola después de estar encerrado ahí durante más de 31 años. Desde entonces, no ha dejado de trabajar por la libertad de sus compañeros Albert Woodfox y Herman Wallace; juntos, se conocen como “los 3 de Angola”. A principios de los años ’70, estos Panteras Negras organizaron a los demás presos a resistir la degradación, violencia y muerte en “la prisión más sangrienta de Estados Unidos”, ampliamente reconocida como una moderna plantación de esclavos en el estado de Luisiana. Convencidas de que lo harían de nuevo, dada la oportunidad, las autoridades han optado por mantenerlos aislados durante décadas. King pasó 29 años solo, y hasta la fecha, Woodfox y Wallace han vivido más de 37 años en estas condiciones de tortura.

King empieza su autobiografía, Desde lo más bajo del montón (PM Press, 2009), con estas palabras: “Nací en Estados Unidos. Nací negro y pobre. ¿Es de extrañar, entonces, que he pasado la gran parte de mi vida en prisión?” Cuenta su historia personal de manera directa y sencilla, con muchos detalles y reflexiones que nos dejan saber que también está contando la experiencia diaria de millones de sus contemporáneos.

Agradece a su mamá biológica haberlo dejado con su abuela, quien lo amaba igual que sus otros nueve hijos e hijas. Para él, ella era Mama, la que los cuidaba aunque “trabajaba en los campos de caña del amanecer al atardecer por menos de un dólar diario y en temporada baja lavaba, planchaba y limpiaba el piso para los blancos” del pueblo de Gonzales, Luisiana, “por unos centavillos o por las sobras de la mesa”.

Se acuerda que cuando tenía cuatro años, pasaba con Mama por la cárcel del pueblo, donde un primo lejano trabajaba como custodio. Cuando el hombre le ofrecía comida, nada más le miró fijamente. No quería nada de esa comida. Se fijó en otro hombre negro en un rincón, tras mucho “hierro flaco” y sentía una afinidad con él. Dijo Mama que el hombre era un “cornvicto” y que ha de haber hecho algo mal para estar ahí. Al buscar el por qué, el niño se acordó de que hubo muchas milpas de maíz (corn en inglés) alrededor del pueblo y razonó que el hombre probablemente vivía ahí entre las plantas y “fue considerado malo por hacerlo”.

Lloró cuando uno de sus parientes ejecutó a su querido perro Ring, un pastor alemán muy inteligente que “encontraba” cosas ––“¡hasta zapatos en pares!” Pero un día Ring mordió a su hermano James. Estaba babeando y tuvo “una mirada feroz en sus ojos”. Se consideró que “se había vuelto loco” pero al reflexionar después, King recuerda que tenía remordimiento y que pidió disculpas con los ojos antes de recibir un disparo.

En 1947, la familia cambió de casa y de ciudad, llegando a Algiers, la parte de Nueva Orleans al otro lado del “lodoso Río Misisipi”. Ahí el pequeño Robert conoció a Mule, quien quería a Mama y se responsabilizó de ayudarle a mantener la familia, trabajando duro cuando había trabajo. Amenizó sus días con un poco de Muscatel, y los días de Robert con su buen sentido de humor y su cariño. Dice King: “Lo pinté padre”.

Robert también empezó a conocer las calles de Nueva Orleans y aprendió a pelear para sobrevivir y convivir ahí. En estos años la familia supo que dos de los hermanos mayores, Houston y Henry, estaban en prisión en otras ciudades, algo que a Mama le causó gran tristeza.

A la edad de 13, conoció a su padre natural, Hillary, y se fue a vivir con él y su esposa Babs en el pueblo de Donaldson durante un par de años. No lo trataban bien y su papá le pegó con frecuencia. Por otro lado, le iba bien en la escuela y al pasar por los antros del pueblo, tuvo la fortuna de conocer los sonidos de Big Joe Turner, Chuck Willis, Big Mama Thornton, Ruth Brown, Jackie Wilson y muchos otros, pero su cantante favorito era Sam Cooke. Por fin Robert regresó a Nueva Orleans, dejándoles a Hillary y Babs $50 (que había robado) y una nota diciendo que esta cantidad de dinero “debe ser más que suficiente para cubrir todo el cariño que ustedes me han mostrado”.

Al no encontrar trabajo en Algiers, tomó la decisión de ir al Norte—a Chicago–, con sueños de ganar miles de dólares para enviar a Mama. En camino conoció a dos vagabundos blancos, un encuentro poco usual en el mundo de apartheid del Sur de Estados Unidos. Corrió suerte. Ellos permitieron que los acompañara y compartieron la nada que tenían con él. Pero en Chicago también las puertas le estaban cerradas, y Robert se cansó de dormir en calles cubiertas de hielo. Regresó a casa con la ayuda de otro vagabundo, pero no antes de que un oficial de la YMCA le tendiera una trampa, haciéndolo pasar tres semanas en un centro de detención. Al regresar, sus pies le dolían tanto que no pudo caminar. Según el diagnóstico de Mama, fue un caso de congelación, y ella le curó con cataplasmas de nabo sueco.

En 1958, su hermana compasiva Ruth murió en un aborto mal hecho que ella se sintió obligada a pedir porque para recibir la asistencia social que necesitaba, tenía que prometer no tener más hijos. Ésta fue la política del Departamento de Servicio Social durante décadas. Un poco después, Mama se fue al hospital y la familia supo que ella tenía cáncer. Después de varias visitas la enviaron a casa a morir.

Cuando tenía 15 años, Robert fue detenido porque cuadraba con la descripción de alguien que había robado una gasolinera. Lo enviaron al reformatorio de Scotlandville. Sintió que dentro de lo que cabía, no le fue tan mal. De hecho, no pudo creer su suerte al encontrar que ¡hubo chicas en la misma institución! Al enamorarse de Cat, se encontró en violación de un código callejero que prohibía a una chica andar con alguien mientras su ex novio todavía estaba en el reformatorio. Un chavo podía hacerlo, pero una chava, no. Esto no le pareció bien a Robert, quien siguió con el romance. El otro, que se llamaba Pug, tenía fama de boxeador y quería arreglar el asunto en el ring. Dice King: “Sus movimientos mecanizados y predecibles no estaban al nivel de mi estilo callejero.…Él se fue al hospital durante tres días y cuando salió, muy amablemente me dio su bendición para seguir mi relación con Cat. Se rompió el código. Éramos amigos, más o menos.”

De ahí en adelante, las cosas fueron de mal en peor para King con respecto a sus problemas con la ley. Unos cien años atrás, cuando los estados sureños reemplazaron sus “códigos de esclavitud” con “los códigos negros” para restringir la libertad de la población negra, las leyes contra la vagancia proliferaban. Durante la juventud de Robert, todavía estaba en efecto una ordenanza que requería que una persona llevara consigo pruebas de sus medios de apoyo. Si no tenía el requerido boleto o un recibo, podría ser encarcelado durante 72 horas. La ordenanza “72” fue especialmente aplicada contra los jóvenes negros, y a King le tocó la cárcel varias veces, incluso cuando pudo comprobar sus ingresos.

Una tarde en 1961, Robert andaba en una carcacha con unos amigos de Scotlandville, cuando fueron detenidos bajo sospecho de robo por el mismo policía que lo había enviado al reformatorio. Sus tres amigos fueron identificados por las víctimas, pero como nadie señaló a Robert, las autoridades decidieron que él ha de haber manejado el coche en que huyeron. Dice King: “Esta teoría podría haber sido fácilmente rebatida si yo hubiera tenido el dinero para contratar a un abogado, porque yo ni siquiera sabía cómo manejar un coche”.

Sin embargo, el joven de 18 años fue enviado al penitenciario de Angola por la primera de tres veces. Cuando los 12 presos encadenados juntos, todos negros, bajaron de la camioneta y entraron por la puerta de la prisión, Robert sintió que “había sido arrojado para atrás, hacia el pasado”. La manera en que los custodios hablaban, caminaban y trataban a los presos era “de otra época”. También hubo muchos presos que funcionaban como guardias, quienes compartían el mismo desprecio para los presos y los golpeaban y perseguían con ganas si intentaban escapar. En aquel entonces, alrededor de 4,000 presos trabajaban en la plantación de 7,400 hectáreas por dos centavos y medio cada hora. Dos tercios eran negros, de los cuales casi ninguno trabajaba en las oficinas; estos puestos fueron reservados para los presos blancos.

Angola nació como una plantación de esclavos a mediados del siglo diecinueve. Era una de las muchas plantaciones del Sur convertidas en prisiones después de la Guerra Civil, una maniobra que permitió que la clase dominante siguiera sacando ganancias del trabajo no remunerado de los Negros. Hoy en día, 5,000 presos, 80% de los cuales son negros, trabajan las mismas tierras por entre dos y cuatro centavos la hora.

Al entrar en el dormitorio de Angola, fue una grata sorpresa para Robert encontrar ahí a su tío Henry; no lo había visto desde hace seis años. En lo que el joven describe como una “zona de guerra”, donde vio a los presos atrapados en un desastroso patrón de “fratricidio”, “suicidio y auto-destrucción”, su tío le ayudó a calmarse para poder sobrevivir. En Angola, Robert aprendió todos los aspectos de cultivar, cosechar y procesar caña. Su tío le instruyó en el boxeo, y un amigo llamado Cap Pistol le enseñó a hacer pralines ––dulces de azúcar y nuez.

Cuando salió del penitenciario bajo libertad condicional en noviembre de 1965, a la edad de 22, sintió que fue un logro haber salido vivo de ahí. Trabajó en el boxeo unos meses, se casó y estaba para ser papá cuando fue atrapado en una operación encubierta. Su libertad condicional fue revocada, y fue enviado a Angola de nuevo, donde trabajó en el campo y en la cocina. Conoció a su hijo en el cuarto de visitas. Ya no vio su encarcelamiento como su destino, como antes; sabía quién lo había enviado ahí pero aún no sabía por qué.

Cuando salió en enero de ’69 sintió que la situación en Angola era peor que en ’61 –más homicidios, más esclavitud económica, más esclavitud sexual. Pero también había ocurrido un dramático cambio en la ciudad, y el impulso a la “Consciencia Negra” estuvo fuerte en Nueva Orleans. Robert se identificó con esto y le gustaba decir “Soy Negro y soy orgulloso”. No quería que su pequeño hijo sufriera lo que él había sufrido y trabajó duro para mantenerlo. Disfrutó enormemente del tiempo que pasó con él.

En febrero de 1970, a la edad de 28, King fue incriminado por un robo cometido por Wortham Jones y alguien descrito como un señor de 40 años. Jones nombró a King como su cómplice, pero durante el juicio retractó su testimonio de manera enfática, acusando a la policía de torturarlo. Ya era tarde. No hubo una sola prueba contra King, pero el fiscal convenció a sus amigos del jurado a encontrarlo culpable y sentenciarlo a 35 años. Aunque a King le costó trabajo no guardarle “una rabia asesina” a Jones por colaborar en robarle la vida, pasó muchas hora reflexionando sobre sus motivos y su retractación. Por fin tomó la decisión de dirigir esa rabia contra el sistema.

King ya consideraba las apelaciones presentadas por su abogado una mera formalidad. Quería “apelar” de otra manera, y con otros 20 reos que también sentían la necesidad de “apelar sólo a sí mismos”, salió corriendo de la cárcel. Dice que aunque la fuga fue bien planeada, descuidaban los detalles de cómo mantenerse invisibles fuera de los muros. Sólo tres lograron evitar la captura inmediata. Unas horas después, uno de ellos recibió una bala fatal, otro negoció su entrega, y solo King se mantuvo “invisible” durante dos semanas antes de que alguien lo delatara. La fuga le costó una sentencia de ocho años adicionales.

King había estado consciente de la tremenda transformación que estaba ocurriendo en el país, especialmente con respecto a los Africano-americanos, pero su despertar definitorio ocurrió cuando se enteró de la presencia del partido Panteras Negras ahí mismo en Nueva Orleans. Esto ocurrió cuando vio en la tele la balacera sin precedente entre la policía y un grupo de hombres y mujeres negros en la Calle Desire. No tardó mucho en conocerlos personalmente en la cárcel de Nueva Orleans.

Se acuerda de una Pantera que se llamaba Cathy, quien “dio fuerza a muchos de los presos” y “fue la inspiración más grande” para él. En sus pláticas con Ron Ailsworth, llegó a entender la grave situación colonial de los negros y también la situación de otra gente pobre en Estados Unidos. Los dos platicaron también de la colectividad y de los medios y métodos de lucha. El aprendizaje no quedó en palabras. Para lograr un cambio en las horribles condiciones de la cárcel, que incluía grandes ratas y aguas negras que inundaban los pasillos donde los presos dormían en el suelo, los Panteras en una sección de la cárcel retuvieron dos guardias, mientras en su sección, King participó en una huelga de hambre con cientos de presos. A pesar de las represalias, tuvieron éxito en llamar la atención pública a las condiciones.

Para King, la ideología de los Panteras Negras “definió la experiencia pasada y actual de los Negros en América” y ofreció maneras alternativas de resistir la represión “política, económica, racial y socialmente por los medios que fueran necesarios” en la tradición de Malcolm X. Lo importante era trabajar con la gente desde abajo y que “la gente fuera su propia vanguardia”. La organización buscaba “libertad, justicia, tierra, pan, educación, vivienda y un fin a la brutalidad policiaca y la ocupación policial de la comunidad negra”. King estaba de acuerdo con la idea del nacionalismo negro, es decir, con la lucha de su pueblo africano-americano, y, a la vez, con el internacionalismo. Le pareció lógico que los cambios necesarios vendrían a través de una revolución.

Fue en la cárcel de Nueva Orleans que King recibió la trágica noticia que su hijo tenía un tumor cerebral. Un poco después, el pequeño Robert murió a los cinco años, dejando a su papá devastado, llorando, pero con un compromiso renovado de comprender todo.

“Al estudiar y conocer a mi enemigo, también me conocí a mí mismo y mi lugar en la historia…Vi que todos somos prescindibles para el sistema. Vi el sufrimiento de mi mamá y de su mamá y de la mamá de su mamá. Vi como despojaron a mis antepasados de sus tierras y los llevaron aquí en cadenas, por la fuerza. Les quitaron todo sentido de responsabilidad; su única obligación fue a su servidumbre. Vi como la madre se volvió la figura paterna dominante dentro de la unidad esclava mientras el padre no conocía a sus propios hijos. Logré poner en perspectiva algunas de las acciones de mi papá Hillary. Nacido en un mundo blanco y dominado a cada paso, él sintió la necesidad de dominar”.

En 1971, King fue trasladado a Angola de nuevo. El mismo año, Albert Woodfox, Herman Wallace y Ron Ailsworth, entre otros afiliados con el partido Panteras Negras, habían llegado ahí y establecido una agrupación del partido dentro de la prisión. King llegó justo después de que alguien había asesinado a Brent Miller, un guardia blanco. Durante días, la prisión estuvo cerrada. No hubo visitas. Hubo castigos masivos contra los presos negros. King fue enviado a la mazmorra con cientos de otros presos bajo “investigación”; fueron golpeados salvajemente, obligados a correr desnudos entre dos filas de guardias que los azotaron y echados en celdas vacías y frías. A King y a varios otros les encontraron “culpables de fingir de ser abogados” y los enviaron al pabellón de la muerte, donde vivieron condiciones de hambruna.

Después, King fue enviado al aislamiento de la unidad de Celdas Cerradas y Restringidas (CCR). En esta unidad de siete pisos, los presos estaban en sus celdas 23 horas diario, 7 días a la semana. Durante años no pudieron salir al patio. Sólo pudieron salir de sus celdas una hora diario para bañarse. El 10 de junio de 1973, un preso fue asesinado, y los once presos que se encontraban fuera de sus celdas fueron acusados de su muerte. Sólo King y Grady Brewer fueron encontrados culpables debido al testimonio falso de dos “testigos sorpresivos sobornados”. Los dos fueron enjuiciados en cadenas, con cinta que cubría la boca; los sentenciaron a cadena perpetua.

Durante estos años Albert Woodfox y Heman Wallace enfrentaron acusaciones de haber asesinado a Brent Miller aunque ellos no se encontraban remotamente cercanos al lugar donde el guardia fue asesinado. Sin embargo, fueron acusados, enjuiciados y condenados por su muerte como represalia por ser Panteras. El fiscal contaba con el testimonio falso del reconocido soplón Hezekiah Brown en el caso de Woodfox, y con la cooperación de Chester Jackson en el caso de Wallace. Dice King que la corte ignoró el testimonio de un preso que estaba limpiando el piso la mañana del asesinato, quien testificó que la única persona que él vio cerca de la escena fue “un muchacho blanco”. También menciona la “evidencia” que se rumora en la prisión –– que el mismo Subdirector Hayden Dees “hizo lo impensable” y ordenó el asesinato de Miller debido a su rencor por no haber sido nombrado Director. Dice Robert: “Si esto es cierto, Dees, siendo el racista que es, nunca hubiera enviado a un preso negro a asesinar a un guardia blanco”.

En un momento King logró ser transferido al “piso de los Panteras” con Woodfox y Wallace, donde pudo avisarles que hubo un plan para romper la unidad de los presos en el piso y enviar a los Panteras a distintos lugares. Hicieron preparativos y batallaron durante toda la noche antes de que las autoridades por fin lograran sacarlos de ahí.

Desde 1974 hasta 1978, cuando se encontraron en el mismo piso de vez en cuando, usaron su hora fuera de las celdas para comunicarse, compartir materiales de lectura y organizar unas protestas. Tuvieron éxito en lograr unos cambios, incluso el poner fin a la práctica de recibir su comida en la suciedad del suelo debajo de las rejas, y el restringir las denigrantes revisiones rectales. Tomaron la decisión de poner resistencia. “No seríamos participantes voluntarios en nuestra degradación”. Sabían que habría graves consecuencias y que los iban a separar; por eso, intercambiaron direcciones y números de teléfono de parientes fuera de la prisión. Dice King que lo llevaron a una oficina en cadenas donde hubo filas de guardias con bates, toletes y otras armas. “Me negué a doblarme. Peleamos. Por fin me sometieron.” Lo llevaron al Campamento J, el centro de castigo, y lo acusaron de atacar a los oficiales. Pero “esa noche no hubo revisión rectal”. Woodfox llamó a los familiares de King, quienes hablaron por teléfono a la prisión. “Esto me ahorró más lesiones y posiblemente la muerte”. Los presos ganaron una demanda civil en la cual la corte prohibió las “rutinarias revisiones anales”. Dice King que ahora las revisiones sólo ocurren cuando se puedan justificar, “lo que sea que eso signifique”.

King pasó dos años en el Campamento J, donde la tortura física y psicológica de los presos no se frena. Dice: “Fui informado por unos oficiales del campamento que lo que ellos hacían fue aprobado por personas en posiciones de poder”. Reporta que construyeron toda una unidad psiquiátrica en la prisión, principalmente para las víctimas de las atrocidades perpetradas en el Campamento J.

Con respecto al terror que vivió durante sus años en aislamiento, King dice que sin la valoración del partido Panteras Negras, “no pude haber sobrevivido esos 29 años…es la verdad que me ha sostenido”. Explica que la consigna del partido “Todo el poder al pueblo” viene del concepto que “el poder en realidad reside en el pueblo” pero que la gente “ha entregado ese poder a un pequeño grupo llamado políticos” y de esta manera “queda a la merced de las siempre cambiantes restricciones definidas como leyes”.

Para King, es primordial reconocer la prisión como una perpetuación de la esclavitud. Supuestamente abolida por la Enmienda 13 a la Constitución, la esclavitud está permitida para “personas debidamente condenadas de un crimen”. Menciona que Mumia Abu-Jamal está en prisión porque la esclavitud nunca fue abolida. También Jalil Al Amin, antes H. Rap Brown, los 8 de San Francisco, Herman Wallace y Albert Woodfox. “Hay que reconocer la prisión como esclavitud y dejar que los políticos sepan que nosotros sabemos esto”, dice King. “Nosotros mismos, la gente, somos nuestro mejor recurso”

En 1988, el preso que había testificado contra King en su juicio se arrepintió de haber colaborado con el Estado. Deseaba declarar públicamente que había mentido. Le dio a King una declaración jurada al efecto y un poco después, otro preso también se retractó, abriendo una nueva avenida de apelaciones.

Dice King que en 1998, gracias al ex Pantera Malik Rahim de Nueva Orleans, un movimiento conformado principalmente de anarquistas y ex Panteras empezó a organizar apoyo comunitario para “los 3 de Angola”, un esfuerzo que también atrajo apoyo internacional y ayudó en lograr su libertad en 2001.

Desde su salida de prisión ese año, King gana la vida haciendo dulces de azúcar y nuez llamados freelines. Pero su verdadero trabajo es ganar la libertad de sus dos compañeros y ayudar a poner fin a la tortura y esclavitud en la prisión más grande del país, una prisión que no es una aberración, sino el prototipo del moderno complejo industrial carcelario en Estados Unidos ––Angola.

Dice King: “Soy libre de Angola, pero Angola nunca será libre de mí”.

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